11 de abril de 2025. Viernes de Dolores. Una fecha marcada a fuego en mi memoria, como una herida que no cierra, como un quiebre silencioso que divide mi vida en un antes y un después. Ese día el destino me condujo, sin contemplaciones, hacia la Semana Santa más triste que jamás me ha tocado vivir. Porque perder a una madre no es solo perder a alguien: es quedarse sin raíz, sin refugio, sin el lugar al que siempre se regresa. Y perderla en estos días sagrados, tan profundamente unidos a mis orígenes y a mi forma de sentir la vida y la fe, hizo el dolor aún más hondo.
Perder a una madre es perder una parte de uno mismo, esa que ha estado ahí desde el primer aliento. Es despedirse de quien te conocía incluso antes de que tú supieras quién eras; de quien estaba presente en cada derrota y en cada victoria, en cada caída y en cada logro. Es perder a quien jamás quiso otra cosa que tu bien, a quien se negó a sí misma para dártelo todo, a quien cargó con el dolor para que tú no lo sintieras. Pensarla ahora aprieta la garganta y empaña los ojos, porque ya no queda más que el recuerdo. Y con su ausencia llega esa soledad definitiva que deja una madre cuando se va: la certeza de haber perdido algo irremplazable.
Aquel Viernes de Dolores avanzó con un paso extraño, lento y vertiginoso a la vez. Fue la antesala de una despedida que, aunque anunciada, resultó insoportablemente dura. La familia entera acudió a decirle adiós a su casa, el lugar que ella amó por encima de todo y donde siempre quiso ser despedida: su hogar, su orgullo, su refugio. Los amigos fueron llegando poco a poco, y repetir las mismas palabras se volvió un ejercicio agotador, casi mecánico. Por la tarde, el ambiente semanasantero de Teba —ese que tantas veces me había llenado de emoción— se hizo especialmente presente y, esta vez, profundamente doloroso. Los cofrades que subían a la iglesia pasaban por casa para ofrecernos su pésame. La noche fue de vela, larga y silenciosa, sostenida por la angustia de saber que el amanecer traería el adiós definitivo.
Saliste por última vez de tu querida casa, mamá, envuelta en madera y flores. Nosotros caminábamos detrás, intentando conservar la compostura que sé que te habría gustado, tú que siempre fuiste amiga de las formas y de la dignidad serena. De la iglesia apenas conservo recuerdos. Solo sé que quise despedirte con palabras de gratitud por todo lo que nos regalaste en vida; qué menos que hacerlo por ti, si tantas veces lo había hecho por otros. Luego llegó el cementerio y el adiós final a tu cuerpo: ese cuerpo vencido por la enfermedad, ese cuerpo que nos dio la vida y que ya solo era tránsito, silencio y despedida.
Al regresar, me crucé con varios hermanos de la Paz, inmersos en el bullicio previo de las noches de subasta. Sabían que aquella noche no podría acompañarlos, por primera vez en muchos años. Aun así, sentí su cercanía y me emocionó el detalle que tuvieron al nombrarte. Entonces comprendí, casi sin darme cuenta, que mi hermandad —y especialmente Ella— comenzaban a sostenerme en silencio, cuando yo aún no era capaz de hacerlo por mí misma.
Volver a casa sin ti fue desolador y más desoladores aún fueron los días y las noches que siguieron. Toda la entereza que había logrado sostener se quebró sobremanera en un instante que jamás olvidaré: escuchar de madrugada los sones de “Al Señor de Teba” en la salida de Jesús Cautivo me atravesó el alma y desde mi balcón, incapaz de contener el
llanto, toda mi vida junto a ti me pasó por delante, y ahí comprendí que algo en mí se había roto para siempre. Aquella marcha, ya emotiva de por sí, quedó unida para siempre al día en que te fuiste.
Aquella Semana Santa se fue deslizando entre los días con una tristeza callada. Solo los oficios lograban concederme un consuelo tenue, una paz breve, casi prestada. Por primera vez en muchísimos años, el Jueves Santo no pude acompañar a mi Virgen de la Paz como siempre, pero desde mi balcón, con la vela de mantilla encendida, quise seguir alumbrando su paso. No caminé tras Ella, pero la recé con el alma rota; no estuve en la calle, pero la sentí más cerca que nunca. En su advocación encontré sentido a esa paz que no borra el dolor, sino que enseña a sostenerlo.
El Viernes Santo fue más nostálgico si cabe, y el Domingo tampoco fui detrás del Resucitado como cada año hacemos. Todo había cambiado. Yo había cambiado. Pero en medio de esa ruptura interior, la Virgen de la Paz permaneció como ancla y refugio sereno, como una presencia maternal que no sustituye, pero acompaña. En Ella deposité mis lágrimas, mi cansancio y también la herencia invisible que me dejaste: esa manera tuya de estar en el mundo con humildad, discreción y entereza.
Y es que desde entonces camino con la certeza de que mi vida se partió en dos cuando te fuiste. Ya no soy la misma, quizá nunca vuelva a serlo, pero hay algo que permanecerá siempre. Por eso te prometo, mamá, que tu forma de estar en el mundo seguirá respirando en esa casa de Teba y en cada Semana Santa que aún nos aguarde, y que mientras la Virgen de la Paz siga cruzando nuestras calles, yo seguiré encontrándote en su mirada.
No sufras, que el dorado brillará limpio como siempre quisiste, el potaje, las tortillitas de bacalao, la ensaladilla y el arroz con leche volverán a la mesa como cuando éramos niños. La casa seguirá siendo raíz y refugio, el lugar al que siempre se regresa, también en Semana Santa. La puerta quedará abierta cuando pasen los santos, el silencio se llenará de rezos conocidos y en el sierro habrá siempre un sitio guardado para ti, porque mientras la casa permanezca viva y las costumbres se mantengan, una madre nunca se va del todo.
MABR
LA SEMANA SANTA MÁS TRISTE DE MI VIDA
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