Querida Mari Carmen:
Es difícil asumir que alguien que rebosaba vida por todos los costados y que luchó con
todas sus fuerzas, haya terminado perdiendo la batalla.
Hoy, desde la Hermandad de la Paz te recordamos con el corazón roto, pero también con
la necesidad imperiosa de detener el tiempo, para contemplar la enorme huella que dejas
entre nosotros. Se nos ha ido otra “grande”; una mujer a la que no le gustaban los
homenajes, pero que, sin duda alguna, se ha hecho merecedora de este.
Es imposible hablar de ti todavía, sin que se nos llene el pecho de orgullo y los ojos de
lágrimas, pero hay verdades que tu partida no va a poder borrar jamás: como mujer, fuiste
un auténtico bellezón en todos los sentidos, de esas personas que deslumbraban por fuera,
sí, pero, sobre todo, por la luz, la clase y la elegancia que desprendías.
Esa luz tuya no se quedó encerrada en ningún sitio; la repartiste a manos llenas por cada
rincón de este pueblo nuestro que siempre te recordará. Como profesional fuiste un
ejemplo constante de capacidad y valentía. Ejercer la medicina exige mucho, pero hacerlo
además en tu propio pueblo no debió ser tarea fácil. Tu compromiso social con Teba no
se limitaba a las paredes de la consulta; tenías una energía tan arrolladora y tantas ganas
de vivir la vida que participabas en todo lo que se te ponía por delante: carnavales,
verbenas, teatros, asociaciones, hermandades… pocas actividades se te resistían.
En la Hermandad de la Paz te recuerdo desde muy joven y siempre junto a Rafael, una
figura discreta, pero inseparablemente unida a la tuya. Es cierto que él fue el “culpable”
de que entraras en nuestra hermandad, pero todo lo que vino después fue mérito
exclusivamente tuyo. El puesto y el respeto te los ganaste por completo, colaborando
siempre por iniciativa propia, sin necesidad de que nadie te lo pidiera y demostrando ante
cada junta de gobierno que nunca tuviste un “no” por respuesta.
En nuestra cofradía, como todos los que llevamos media vida aquí, compartiste muchos
buenos momentos y otros quizá no tanto… pero siempre, por encima de todo, fuiste fiel a
tu Virgen. Tanto es así que tu nombre ya está grabado en nuestra historia con letras de
oro, razón por la cual te hiciste merecedora, este último año, de nuestra mayor insignia,
nuestro escudo de Oro.
Imposible olvidar la valentía con la que afrontaste aquella primera “pedida” de mujeres
en la calle junto a tu hermana Lidia. En aquel momento no fue fácil: rompisteis moldes y
prejuicios cuando nadie se atrevía. Fue un éxito absoluto y una página inolvidable. Si hoy
nos resulta normal ver a las mujeres con los canastos en la calle, es porque pioneras como
vosotras tuvisteis el coraje de dar el primer paso.
Ese, junto a otros muchos momentos, ha quedado grabado para siempre en la memoria de
nuestra cofradía. Te recordaremos siempre en las filas de nazarenos, ocupando el último
lugar con esa mirada atenta y serena tras el capirote, observándolo todo para que el
cortejo luciera impecable, organizando la procesión cuando te tocaba con mano firme, en
tantas noches de puja, animando a los hermanos a “soltar el bolsillo” y deleitándonos con
tus deliciosas tartas, disfrutando como loca de los días de feria, ya fuera dentro o fuera de
la barra, o al compás de cada zambomba o fiesta que se organizara.
Y, cómo no, en esos Jueves Santos inolvidables, compartiendo los desayunos y vistiendo
a los pedidores desde bien temprano con todo el mimo del mundo, hasta que terminaba
ese día siempre glorioso para nosotros.
Tu entrega brilló con luz propia en tu excepcional labor como Teniente Hermana Mayor
en la última junta de Alicia Gómez Lora, y quedó sellada para siempre con la finalización
de las obras de nuestra Casa Hermandad. No te importó el esfuerzo, siempre estuviste ahí,
supervisando cada detalle y participando en cada decisión. Por eso, hoy miramos esas
paredes y lo tenemos claro: esta es nuestra casa y aquí quedará tu impronta para siempre.
Sin embargo, tu obra de arte más perfecta, el lugar donde verdaderamente latía tu
corazón, fue tu hogar. Como esposa maravillosa, siempre estuviste junto a Rafael,
formando un equipo indestructible y caminando de la mano en cada tramo del camino. Y,
como madre, fuiste simplemente impecable. El fruto de tu entrega son tus tres hijas:
Carmen, Beatriz y Lidia; sencillas, educadas y maravillosas, el fiel reflejo de tus valores.
Fuiste la protectora de toda tu familia, cuidando de todos con una devoción admirable. El
respeto y el inmenso cariño de los tuyos se han podido ver con absoluta claridad en tu
despedida: un testimonio real del amor tan enorme que sembraste.
Por todo eso, cuando nos enteramos de tu enfermedad, a todos se nos encogió el corazón.
Fue un golpe devastador e injusto. Pero si algo nos ha sobrecogido, ha sido ver con qué
tremenda valentía lo afrontaste. Como profesional sabías perfectamente a qué te
enfrentabas; conocías de primera mano que el camino iba a ser muy difícil y, aun así, nos
diste una lección inmensa de coraje. Has luchado hasta el último momento, con una
dignidad que nos ponía el vello de punta, hasta que el destino decidió ganar la batalla.
Qué lástima que hayas podido disfrutar tan poco de tu jubilación, un descanso tan
merecido y que todos teníamos tantas ganas de verte vivir plenamente. Nos cuesta aceptar
que te hayas ido tan pronto, precisamente cuando por fin te tocaba descansar y dejarte
cuidar después de tantos años entregándote a los demás.
Me permito compartir aquí lo que me dijiste esta última Semana Santa, cuando te escribí
para decirte que se te había echado de menos. Tu respuesta fue:
“Yo también os he echado de menos y me ha dado mucha alegría poder veros a todos
juntos
, porque eso es lo que más me ha gustado siempre: cuando estamos todos juntos”.
Con esa frase, duele aún más el corazón ahora mismo, qué tristeza pensar que ya no
podremos compartir más momentos bonitos contigo.
Te has ido rápido, sí, pero te marchas con la cabeza muy alta y con el deber más que
cumplido. Dejas un vacío imposible de medir en nuestra cofradía, pero también un
ejemplo inmenso que permanecerá para siempre. No te olvidaremos nunca, Mari Carmen.
Guíanos desde arriba junto a Nuestra Santísima Virgen de la Paz y junto al resto de
hermanos a los que, sin duda, ya habrás llenado de alegría con tu llegada y ayúdanos a
permanecer siempre unidos como a ti te gustaba…
Gracias por haber sido siempre nuestra médica, nuestra hermana y nuestra amiga.
Que la Virgen de la Paz te acoja en su eterno abrazo.
Descansa en paz.
MABR
UNA HUELLA IMBORRABLE EN TEBA Y EN LA HERMANDAD DE LA PAZ.
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