Se oían tambores y cornetas por cada rincón. Nazarenos
y mantillas inundaban las calles.
El viento movía las capas blancas.
Olía a incienso, era Jueves Santo.
La esperanza estaba a flor de piel, los nervios ya se
podían sentir, las velas encendidas, la cruz de guía
preparada para salir y los hombres de trono junto a los
varales.
Entonces miré al cielo, no llovía, pero la miré a ella y
comprendí que solo ella dispondría
No pudo ser, este año no.
En la iglesia, con todas las miradas fijas en ambas
imágenes.
Aquel bamboleo y el crujir del palio resonaban en el
silencio.
La miré a ella, a María Santísima de la Paz, y pude
observar con mayor detenimiento su mirada, esa mirada
triste, ese pesar sus lágrimas.
A la memoria, seres queridos. Abrazos tras cada
levantá y besos al cielo para los que ya no están.
Ojos cerrados, apoyados en el varal, concentrados
escuchando la voz del capataz y el sentir de María
Santísima de la Paz.
Lágrimas inundan los ojos, recorriendo alguna que
otra mejilla.
Pero allí estaba ella, permitiendo sentirla, una vez más.
Se apagan las velas, nos tenemos que ir, me vuelvo a
despedir y de nuevo en el pecho te puedo sentir.
– MaríaJoseQS-
